Autor: JULIO MARCELO BRITO ALVISO | 08/06/2026
Expone la primera reunión bilateral graves diferencia entre los negociadores
JULIO BRITO A.
jbritoa@yahoo.com
La revisión del T-MEC apunta a convertirse en una de las negociaciones más tensas para la industria automotriz mexicana. No se trata sólo de revisar reglas comerciales; el fondo es mucho más delicado: el presidente Donald Trump está utilizando aranceles, reglas de origen y presión política para intentar que la inversión automotriz futura se concentre en Estados Unidos, aun cuando durante tres décadas la región funcionó como una plataforma integrada de producción.
El mensaje de Washington es claro. Estados Unidos quiere más contenido estadounidense en los vehículos fabricados bajo el T-MEC, mayor control sobre acero y aluminio, y menos dependencia de cadenas productivas instaladas en México. En las primeras conversaciones bilaterales, la administración estadounidense colocó sobre la mesa exigencias más estrictas para reglas de origen automotrices y seguridad económica, lo que implica una revisión de fondo del modelo industrial norteamericano. (El País)
Para México, el riesgo es enorme. La industria automotriz no es un sector más: es uno de los principales motores de exportación, empleo formal, atracción de inversión extranjera y desarrollo regional. Estados como Coahuila, Nuevo León, Guanajuato, Puebla, San Luis Potosí, Aguascalientes y Estado de México dependen de armadoras, autopartes, logística, acero, aluminio, plásticos, electrónica y servicios asociados. Si Trump logra que las nuevas inversiones se orienten de manera preferente o exclusiva hacia Estados Unidos, México no sólo perdería proyectos futuros; podría ver erosionada una parte de su ventaja manufacturera.
El debate más álgido estará en las reglas de origen. Actualmente, el T-MEC exige que alrededor de 75% del valor de un vehículo provenga de la región de Norteamérica, además de ciertos requisitos laborales y de contenido. Sin embargo, reportes recientes señalan que la administración Trump busca empujar una mayor proporción de contenido específicamente estadounidense, lo que rompería el equilibrio regional y reduciría el margen de México como plataforma competitiva. (Reuters)
La ofensiva también incluye aranceles. Trump ya ha usado tarifas sobre autos, acero y aluminio como instrumento de presión. Aunque México ha sostenido que las exportaciones que cumplan con las reglas del T-MEC quedarían exentas de ciertos gravámenes ligados a investigaciones laborales, la señal de fondo es que Washington quiere condicionar el acceso al mercado estadounidense a una mayor relocalización industrial dentro de su territorio. (El País)
El problema para México es que no basta con defender el tratado con discursos. Se requiere una política industrial mucho más agresiva: energía competitiva, infraestructura logística, proveedores nacionales fuertes, certidumbre jurídica, reglas claras para inversión y una estrategia específica para electromovilidad. La revisión del T-MEC llega en un momento en que las armadoras globales están redefiniendo plataformas eléctricas, plantas, proveedores y mercados.
La paradoja es que Estados Unidos necesita a México para mantener competitiva a Norteamérica frente a China, pero Trump parece decidido a usar esa dependencia como palanca para repatriar inversión. El riesgo es que el T-MEC deje de ser un acuerdo de integración regional y se convierta en una herramienta de presión industrial.
México tiene capacidad, talento y plantas de clase mundial. Pero si no defiende con firmeza su lugar en la cadena automotriz, la nueva etapa del T-MEC puede marcar el inicio de una pérdida silenciosa: menos inversión, menos empleo y menos futuro industrial.
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