Autor: JULIO MARCELO BRITO ALVISO | 01/06/2026
JULIO BRITOA.
La política comercial e industrial de México entró en una zona de contradicciones durante la actual administración. Con Marcelo Ebrard al frente de la Secretaría de Economía, el discurso oficial combina tres objetivos que no siempre caminan juntos: defender el T-MEC, atraer inversión por relocalización y levantar barreras arancelarias contra Asia para proteger empleo industrial. El problema es que, en sectores altamente integrados como automotriz, autopartes, hierro y acero, cada decisión tiene efectos cruzados: proteger una rama puede encarecer insumos de otra; contener a China puede tensar inversiones; defender el libre comercio regional puede chocar con una política interna más proteccionista.
La primera señal de esa estrategia zigzagueante fue el paquete arancelario para 2026. El gobierno anunció aumentos de 5% a 50% para 1,463 fracciones arancelarias de industrias como automotriz, textil, calzado, acero y otros sectores, con el argumento de proteger 350 mil empleos. La Secretaría de Economía presentó la medida como parte del Plan México y como respuesta a importaciones de países sin tratado comercial, principalmente China y otras economías asiáticas.
La industria automotriz mexicana quedó atrapada en una doble pinza. Por un lado, Estados Unidos impuso aranceles de 25% a ciertos vehículos y autopartes, incluso para México, a pesar de su integración bajo el T-MEC. Por otro, México endureció tarifas contra vehículos y componentes asiáticos, lo que puede proteger a armadoras instaladas, pero también encarecer insumos, limitar opciones tecnológicas y congelar decisiones de inversión. AMIA respaldó el arancel a autos chinos, pero advirtió que la revisión del T-MEC y los aranceles estadounidenses mantendrían inversiones congeladas en 2026.
El caso automotriz es todavía más delicado porque México no vende autos aislados: exporta una cadena. En 2024, las exportaciones mexicanas de vehículos, partes y motores a Estados Unidos superaron 182 mil millones de dólares, y la industria genera alrededor de 900 mil empleos directos. Con esa escala, cualquier arancel cambia decisiones de producción, localización y proveeduría. Estados Unidos incluso ha planteado endurecer reglas para exigir que 50% de los componentes de autos provengan específicamente de su territorio, lo que rompería la lógica actual del T-MEC, basada en 75% de contenido regional norteamericano sin asignación por país.
La estrategia mexicana parece moverse entre dos urgencias: complacer a Washington para evitar castigos mayores y contener la penetración china en sectores sensibles. Pero eso deja a México con poco margen propio. China ya reaccionó a los aranceles mexicanos sobre 1,400 productos de países sin TLC, señalando barreras al comercio e inversión y advirtiendo posibles represalias. Según el Ministerio de Comercio chino, las pérdidas podrían alcanzar 30 mil millones de dólares, con impacto en sectores mecánico, eléctrico y automotriz.
El gobierno presume cifras récord de inversión extranjera directa: 23,591 millones de dólares en el primer trimestre de 2026. Pero el dato tiene matices. Buena parte corresponde a reinversión de utilidades de empresas ya instaladas, mientras la inversión fija bruta acumula 18 meses de caída. Esto es clave: hay confianza operativa de empresas que ya están en México, pero no necesariamente una nueva ola de inversión productiva fresca. La incertidumbre arancelaria, la reforma judicial y la revisión del T-MEC pesan sobre nuevas decisiones de capital.
Lectura crítica
La estrategia industrial de México luce errática por cinco razones:
- Proteccionismo selectivo sin política sectorial completa. Se suben aranceles para proteger empleo, pero no se acompaña con energía barata, financiamiento, infraestructura, seguridad logística ni desarrollo tecnológico.
- Defensa del T-MEC con señales contradictorias. México exige cero aranceles en Norteamérica, pero al mismo tiempo eleva tarifas contra terceros países.
- Interlocución tardía. El gobierno abre mesas y consultas, pero muchas veces después de que el conflicto ya escaló.
- Golpe indirecto a manufactura. Acero caro, autopartes bajo presión y reglas inciertas reducen competitividad de plantas mexicanas.
- Nearshoring sin certidumbre suficiente. México tiene ubicación, talento y base industrial; pero la política pública aún no ofrece una hoja de ruta clara para convertir oportunidad geopolítica en nueva inversión productiva.
Conclusión editorial
México no carece de oportunidades: tiene integración con Estados Unidos, una poderosa base automotriz, talento manufacturero y una coyuntura internacional favorable para relocalizar cadenas. El problema es la conducción. La Secretaría de Economía quiere proteger empleo, atraer inversión, contener a China, defender el T-MEC y complacer a Washington al mismo tiempo. Esa mezcla puede funcionar como narrativa política, pero en manufactura se traduce en incertidumbre.
La industria automotriz y la del hierro y acero no necesitan discursos de emergencia, sino reglas previsibles. Sin una interlocución más profunda con empresas, proveedores, sindicatos, estados industriales y socios comerciales, México corre el riesgo de convertir el nearshoring en una oportunidad administrada con reflejos defensivos, no con visión de largo plazo.